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"El museo desaparecido" de Héctor Feliciano
"Este libro es, a la par, una historia y una investigación del pillaje de arte llevado a cabo por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras el eficacísimo ejército alemán, la Wehrmacht, progresaba irresistiblemente por toda Europa, los nazis saquearon y confiscaron miles de colecciones -públicas y privadas- incontables obras de arte, millones de libros y manuscritos, innumerables muebles y objetos de arte, ya de forma sistemática y metódica o bien robadas al azar por oficiales y soldados."
Desde sus primeras líneas, El Museo Desaparecido, de Héctor Feliciano, nos sumerge en la, tal vez, mayor historia de pillaje jamás contada. Un plan organizado desde las más altas esferas del poder alemán, bajo el pretexto de compensar los infames saqueos napoleónicos y los nefastos efectos del Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial. Es comprensible el impacto mundial que tuvo su publicación en Francia ("Le museo disparu", 2001, y su inmediata traducción al inglés: "The lost musean"), y la extraordinaria repercusión que convulsionó el panorama artístico internacional, originando el proceso de restitución de centenares de obras de arte a sus legítimos propietarios. Felizmente, el libro ha sido publicado en España (ediciones Destino, noviembre de 2004).
La obra nos desvela aspectos culturales ligados al Holocausto, algunos de los cuales fueron relevantes en el juicio de Nüremberg. Estremece comprobar la metódica frialdad y organización del sistema de saqueo desarrollado por los nazis, evidenciando la trágica paradoja de quienes apasionados, presuntamente sensibilizados, por los valores sublimes del arte, matan impunemente a sus dueños para apropiarse de sus bienes. Sin duda, el relato de Héctor Feliciano es un documento de extraordinario interés para interpretar la banalidad del mal, término acuñado por Hannah Arendt para referirse a las pasiones innombrables y la inhumanidad de los actos perpetrados por el engranaje organizativo de la ideología nazi.
El plan de la obra comienza por repasar las ambiciones de Hitler respecto al arte, emblemáticamente representadas por el cuadro titulado El astrónomo de Jan Vermeer, cuya azarosa historia le llevó de las manos de la familia Rothschild (fue confiscado en 1940 a Édouard de Rothschild) a las del propio Hitler (el almacén de arte robado de Jeu de Paune), antes de recalar en su paradero actual: el Louvre. El informe que el propio Hitler encargó a Otto Kümmel, director de los museos nacionales alemanes, que incluye una relación detallada de todas las reivindicaciones del Tercer Reich referidas al patrimonio artístico en países extranjeros, se convierte en una reivindicación nacionalista contra el despojo napoleónico. El trabajo incluye una revisión de las actuaciones de Hermann Wilhelm Goering, diputado nazi en el Reichstag, "amigo de todas las artes", creador de la Gestapo y mano derecha de Hitler, que se convierte en el verdadero cerebro ejecutor de la confiscación sistemática de los bienes artísticos de las familias judías.
El pillaje de obras de arte es después minuciosamente relatado, comenzando por el botín tal vez más goloso: el del marchante de arte parisino Paul Rosenberg, propietario de una galería de arte en el 21 de la rue de la Boétie, impulsor comercial de la pintura impresionista y marchante de Picasso. Rosenberg es quizá el más importante mercader de arte de su tiempo, contaba con la más adinerada clientela europea y americana, y su galería constituía el epicentro del arte moderno, allí había atesorado una colección artística de incalculable valor, destinada a abastecer el mercado. La Guerra hizo huir a Rosenberg, que buscó refugio en Nueva York, quedando su valiosa fortuna artística a merced de la ocupación alemana; pese al inútil intento de esconder sus tesoros artísticos bajo las bóvedas de un banco, en Libourne, nada escapó al olfato rastreador de Goering y la colección de Rosenbarg acabó finalmente cautiva en el depósito de Jeu de Paume.
La colección de la familia de banqueros Rothschild no corrió, en principio, mejor suerte. El inventario de confiscación registraba más de cinco mil objetos artísticos, entre los que se encontraban importantes obras de Vermeer, Boucher, Hans Memling, Velázquez, Rafael, Van Dyck, Rubens, Tiziano, Watteau, Goya, Reynolds, Ingres… Curiosamente, el botín despertó la avaricia de Hitler, que impuso su autoridad sobre Goering en el reparto de bienes llevado a cabo en la cúpula del poder. A diferencia de otros miles de objetos confiscados, la colección de los Rothschild fue restituida al finalizar la Segunda Guerra Mundial.
La "anatomía"
del pillaje realizada por Héctor Feliciano revisa también los
casos de confiscación de las colecciones de Bernheim-Jeune, David-weill,
Schloss, y el destino de miles de obras maestras de la pintura occidental que
viajaron en trenes bajo las bombas, que fueron ocultadas en minas y sótanos,
para acabar en manos de gerifaltes nazis o en el floreciente y turbio mercado
del arte de guerra y la posguerra. El contexto del cautiverio de las obras en
Jeu de Paune, el mercado del arte parisino bajo la ocupación y el papel
de Suiza como tapadera del éxodo artístico son también
analizados por Feliciano, que ofrece finalmente unas interesantes bases para
el trabajo de restitución, fruto de una paciente labor de investigación,
con acceso a importantes documentos recientemente desclasificados y entrevistas
con numerosas víctimas, testigos y colaboradores del expolio.
Felizmente desaparecido este museo del horror construido, nadie en cambio podrá
borrar la tremenda huella que el expolio nazi ha dejado en nuestra historia,
constituyendo uno de esos hechos que es imprescindible esclarecer para que nunca
vuelvan a repetirse. A lo cual sin duda, contribuirá, esperemos, este
extraordinario libro.
Federico García Serrano
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