1808-1812:
El expolio napoleónico
El siglo
XIX y la invasión francesa: una
triste historia.
"Libertad, igualdad, fraternidad",
la admirada divisa masónica que sirvió para abanderar la obra de los revolucionarios
franceses, tuvo en la avaricia artística napoleónica una manifestación nada
solidaria, nada fraternal y, desde luego, nada respetuosa hacia los bienes artísticos
de los pueblos ocupados. Pese a la devolución de obras requisadas a la que obligaba
el Congreso de Viena en 1815, la diáspora comercial que nutrió de obra a multitud
de pinacotecas y colecciones particulares de todo el mundo deben mucho al despojo
artístico perpetrado por el imperialismo cultural que ambicionó Napoleón y que
ejecutaron despiadadamente sus generales.
Vamos a sintetizar los hechos referidos a la pintura española en sus
episodios fundamentales: el saqueo artístico llevado a cabo por los generales;
la presencia en España de marchantes buitre,
como el célebre Lebrun, que al olor de la sangre acompañaba a los ejércitos
para adquirir obra en condiciones ventajosas; la fracasada confiscación oficial
de nuestro patrimonio, con la excusa de crear en la corte de José I un gran
museo pictórico nacional, que muchas veces sirvió de coartada para lo anterior;
y su desenlace: la desventurada historia del célebre equipaje de José Bonaparte
y las inoperantes medidas paliativas tomadas tras el Congreso de Viena.
Mucha fue la sangre que costó al pueblo español la expulsión de los franceses
después de la ocupación militar sufrida en 1808.
Pero sus generales no se fueron con las manos vacías. Aunque otros muchos
le secundaron, uno de los personajes esenciales fue el mariscal francés Soult,
tristemente célebre por su rapacidad, quien a su paso conquistador ordenaba
a las iglesias y comunidades que le
regalaran los mejores cuadros, llegando a formar, por tal irregular
procedimiento, una excepcional colección de pintura española, posiblemente la
más importante colección privada
jamás reunida (FORD, Richard "A Handbook for travellers
in Spain", Murray, 1855, citado por GAYA NUÑO, op. cit, pp. 18): "parece
ser que refiriéndose a este cuadro
años después, Soult, mostrando su
colección a Mr. Gurwood le dijo: "lo estimo mucho porque salvó la
vida a dos personas" y uno de sus ayudantes aclaró susurrando: "porque
amenazó el mariscal con fusilarles en el acto si no le regalaban esta pintura"
No muy atrás se quedó el general Mathieu de Faviers, que también tuvo
debilidad por los murillos,
y se llevó a casa nada menos
que La muerte de Santa Clara
(Cat. MUSIMA 185101), pintado para las Clarisas de Carmona, hoy en Drede;
San Diego de Alcalá y el obispo de Pamplona (Cat. MUSIMA
184801), del Convento de San Francisco, que después de ser repatriado para la
colección Aguado sería adquirido por el Estado francés y hoy está en Toulousse;
San Gil ante Gregorio IX (Cat.
MUSIMA 194701), como el anterior recuperado
por Aguado pero captado más tarde por Buchanan, hoy en Raleigh; El triunfo de la iglesia (Cat. MUSIMA 555301), de Santa María la Blanca, hoy en Londres; o San
Antonio de Padua y el Niño Jesús (Cat. MUSIMA 199901), sustraído del
convento de San Pedro de Alcántara, desaparecido en el incendio del Kaiser Friedrich
Museum de Berlín en 1.945.
Pero
no fueron desde luego Soult y De Faviers los únicos generales activos en la
rapiña. Los ejemplos documentados son numerosos. Su compatriota Sebastiani entró
a saco en Murcia el 23 de abril de 1810. Y recibió favores de Godoy, como
el "Santo Tomás de Villanueva, niño,
repartiendo limosnas", de Murillo (Cat. MUSIMA 188100), despojado de
la iglesia de San Agustín de Sevilla, que poco después pasó a subastarse e iniciar
su periplo por diferentes colecciones particulares, antes de acabar en Cincinnati.
A Sebastiani hay que reconocerle además poco aprecio por los pintores
españoles, pues de los más de doscientos cuadros que sustrajo, solamente nueve
eran de maestros españoles, aunque se sospecha que tuvo alguno más que vendió
a Luciano Bonaparte. El propio Godoy participó activamente en el despojo de
las iglesias, ordenando retirar obras, por ejemplo, la"Muerte
de San Pedro Arbúes" (Cat. MUSIMA 193900) de Murillo, para desatinarlo
a sus obsequios particulares. Más tarde Murat, en septiembre de 1.808 saqueó
el palacio de Godoy y robó sus cuadros, aunque despreciando los de pintores
españoles, mostrando su predilección sólo por los de los maestros italianos
y flamencos. Coulaincourt, más atolondrado, se hizo por arte de birlibirloque,
al menos, con el "Mendigo"
(Cat. MUSIMA 156600) acaso obra de Pablo Legote (según atribución de Mayer),
creyéndolo un Velázquez. El general Juan Bautista Eblé, distrajo
del altar mayor de los Capuchinos de Valladolid "Los desposorios de la Vírgen", de Antonio Pereda (Cat. MUSIMA
217400), después donado por su viuda a la iglesia de San Sulpicio de París.
El general Desolle sacó del Palacio Real de Madrid la "Inmaculada Concepción" de Murillo (Cat. MUSIMA 197200), y su
hija, años después, lo vendió al Rey de Holanda; de éste pasó a manos de coleccionistas
particulares. Desollé, como Soult y Sebastiani, fue recompensado por José I
con obsequios en forma de cuadros, en agradecimiento a los servicios prestados.
La lista conocida no se acaba aquí. Crochart, pagador general del ejército
francés, se hizo con ciento once cuadros de pintores españoles y flamencos,
entre ellos El triunfo de la Eucaristía
de Rubens, robado en Loeches. D´Armagnag se fue con una colección de tablas
flamencas. Lapereyre sólo
se llevó nueve obras de pintores españoles pero cargó bien su equipaje de obras
de artistas flamencos y holandeses que, curiosamente, a partir de 1.817, se
dedicó a vender para mejorar su colección española. También Belliard, Lejeune,
Dupont y otros generales participaron en la rapiña, que ha quedado poco documentada
y que, por lo que suponemos, tuvo un alcance mucho mayor del referido, considerando
la cuantiosa obra expatriada en aquellas fechas, de la que poco se sabe sobre
su procedencia y circunstancias. Con frecuencia fue algo más que el amor
al arte lo que impulsó a los generales franceses a la rapiña (algunos,
como se ha visto, detestaban las pinturas españolas y confesaban su predilección
por las italianas y flamencas), pues seguramente fueron conscientes del valor
en el mercado que podrían adquirir tales obras y la tentación de hacerse con
ellas, aprovechando las ventajas de la guerra, movió su
Si el botín personal de los
generales causó estragos en nuestro patrimonio, por fortuna fracasó la rapiña
oficialmente organizada: el 20 de diciembre de 1.809 aparece el Real Decreto
fundacional del Museo de Madrid, en aplicación de la política museológica del
Imperio, que incluía la expropiación de un gran número de pinturas para ser
enviadas a Francia (Véase: LIPSCHUTZ,
I. Hempel. Spanish Painting and the French Romantics, Cambridge, 1.972,
versión española La pintura española
y los románticos franceses, Madrid, 1.988. También, GARCIA FELGUERA,
op. cit, y ANTIGÜEDAD, M.D. José
Bonaparte y el patrimonio artístico de los conventos madrileños, Madrid,
1.987, y del mismo autor, La primera
colección publicada en España: el museo Josefino, 1.987. VIGNAU, V.
Manuel Napoli y la colección de
cuadros del Exconvento del Rosario, Revista de Archivos de Bibliotecas
y Museos, 1903-1905.
Frederic Quilliet,
Administrador de los Bienes Nacionales,
Comisario de Bellas Artes, Director del Museo y Agregado Artístico de los Ejércitos
de Andalucía, fue el encargado de planificar la fiscalización del Patrimonio Artístico
Español durante la invasión. Para ello hizo acopio de cuadros en toda Andalucía,
reuniendo en el Alcázar de Sevilla nada menos que 999 cuadros, verdadera antología
de la pintura andaluza (Véase GOMEZ-IMAZ, "Inventario
de cuadros sustraídos por el gobierno intruso en Sevilla", Sevilla,
1896, 2 ª ed. 1917). En Madrid, se llevó a cabo un intento similar, pero tras
formarse una comisión asesora, de la que formó parte Goya y que al parecer saboteó
el encargo, ésta fue sustituida (BEROQUI, Pedro "El Museo
del Prado. Notas para su historia", Madrid, 1933 y MADRAZO, Mariano
"Historia del Museo del Prado",
Madrid, 1945, citados por GAYA NUÑO, op. cit, pp. 18). El número de cuadros requisados en Madrid y acumulados en el Convento
del Rosario y en el de San Francisco sobrepasó el millar y medio, utilizando
los libros de Ponz y Ceán para seleccionar y localizar las obras, interviniendo
Napoli, Flaugier y el propio Ceán en la dirección de las operaciones. El resultado
fue aterrador, tanto por el deterioro que sufrieron, las dificultades de custodiarlas
evitando nuevos robos, los pillajes de los propios encargados de requisar las
obras o la actuación de frailes y monjas que a la desesperada escondieron los
cuadros en lugares insólitos u optaron por venderlos a bajo precio antes que
entregarlos a los franceses. Solamente en el saqueo del Escorial fueron sacados
centenares de cuadros de los que sólo una veintena llegaron a su destino
(Véase GARCIA FELGUERA. Op. cit. pág. 49-59, con referencias a BERMEJO, D. Descripción
artística del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial y sus curiosidades
después de la invasión de los franceses, Madrid, 1.820, y QUEVEDO,
J, Historia del Escorial,
Madrid, 1.849. Inventario de las obras sustraídas del Escorial en LASSO
DE LA VEGA, M. Mr. Fréderic Quilliet.
Comisario de Belals Artes del Gobierno Intruso, Madrid, 1.933, y LIPSCHUTZ
I. Hempel, Op. cit.
Tras los fracasados intentos de las tropas napoleónicas de tomar Cádiz,
sede de la Junta Central, y de arrojar hacia Portugal a las tropas inglesas
que actuaban en apoyo de las nuestras (históricas derrotas de Vitoria y San
Marcial, en 1813) y ante la imposibilidad de atender a todos los frentes, Napoleón
se vio obligado a devolver la corona a Fernando VII.
Derrotado Napoleón, los franceses comenzaron a devolver, a partir de
1.815, las obras requisadas a sus países de origen. Una embajada diplomática
española integrada por el general Alava, el capitán Nicolás Miniussir y el pintor
Francisco Lacoma, recuperaron el envío. Los cuadros volvieron a la Academia
de San Fernando el 30 de junio de 1816, envío que se completó dos años después
con otras obras que aún se hallaban en manos de restauradores parisinos. Tras
la devolución, la representación española en el Louvre se limitaba a los cuadros
adquiridos por Luis XVI: El niño
mendigo (Cat. MUSIMA 186001) , La
Virgen del Rosario (Cat. MUSIMA 186201)
y Sagrada Familia (Cat.
MUSIMA 192301), todas ellas de Murillo y La zarza ardiente (61901) de Collantes; La infanta Margarita de Austria (Cat. MUSIMA 286801) de
Velázquez, que había sido propiedad de Ana de Austria; y La
adoración de los pastores (Cat. MUSIMA 240301) de Ribera, donado por
el Rey de Nápoles a los franceses en 1.802.
A su regreso a Francia, José Bonaparte tampoco se marchó con las manos
vacías, sino con un legendario equipaje de centenares de furgones cargados con
obras de arte del despojado Palacio Real de Madrid. Fue al parecer saqueado
el convoy antes de salir de tierra española y, de alguna forma, parte de lo
robado cayó en manos del general inglés Wellington, que tuvo la honradez de
intentar devolver lo encontrado y en tal sentido escribió al Duque de Fernán
Núñez, ministro de España en Inglaterra, quien, en sorprendente respuesta, le
regaló todas las pinturas recuperadas. Las cartas se hicieron públicas en el primer catálogo de dicha colección: WELLINGTON,
Evelyn, "A descriptive historical catalogue of the collection of Pintures
and Sculpture at Apsley House", Longmans, Green and Co., Londres,
1901, citado por GAYA NUÑO, op. cit, pp. 19.
La calamitosa actuación del representante español en el Congreso de Viena
tampoco ayudó nada a la restitución de los bienes robados. El embajador Pedro
Gómez Labrador fue el designado por el gobierno de Madrid, quien, en 1814, recibió
instrucciones para reclamar toda la documentación y objetos artísticos sacados
de España por el gobierno intruso, haciendo ésta de forma vergonzosa, olvidando
muchos despojos, accediendo a recibir el valor de los cuadros y no éstos, en
tono blandengue y desinteresado (MARQUES DE VILLAURRETA: "España en el Congreso de Viena, según
la correspondencia oficial de don Pedro Gómez Labrador", Madrid, 1928,
p. 61. , citado por GAYA NUÑO; op. cit, p. 19).
La respuesta del Duque de Richelieu no fue menos sorprendente, pero sí mucho
más interesada: "uno de los generales
estaba desterrado de Francia y el gobierno francés no podía con arreglo a sus
leyes proceder a embargar a uno de sus súbditos".
Por mucho que gran parte de la diáspora de la pintura española en el
siglo XIX se deba a la ocupación militar francesa y a la rapacidad de sus generales,
tampoco debe perderse de vista la actuación de marchantes y comerciantes, que
supieron sacar provecho de la situación.
El caso más notable, el de Jean Baptiste Pierre Lebrun, no puede ser
más significativo: Lebrun no es un viajero curioso
(como Bourgoing y Laborde), sino
un pintor y marchante profesional
(
), uno de esos entendidos que
acudían al olor de las guerras y saqueos, metiéndose hasta en los últimos rincones,
con la ayuda de Quilliet, tratando de comprar pintura española. Fruto de sus
esfuerzos fue la Galerie Espagnole que reunió en su casa y que de París y que
abría al público dos días a la semana
(GARCIA FELGUERA, Op. cit, pág. 43.