La Biblioteca Real de Felipe V en el Alcázar *

Manuel Sánchez Mariana

 

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La llegada a España, a principios de 1701, del duque de Anjou para tomar, como Felipe V, la Corona que recibía por testamento de Carlos II, supuso el origen de una de las guerras civiles que, para su desgracia, han asolado periódicamente este país. Sin embargo, en el estado de decadencia moral y económica en que se encontraba España en ese momento, la guerra había de resultar un revulsivo que, al triunfar el duque de Anjou frente a los partidarios del archiduque Carlos, habría de tener indudables efectos beneficiosos. Entre los partidarios de la línea austriaca había algunos destacados miembros de la nobleza o personalidades importantes que hubieron de huir ante el avance de las tropas borbónicas, procediéndose al secuestro de sus bienes, que quedaron incorporados a la Corona. A partir de 1707 fueron muchas y muy ricas las bibliotecas incautadas en la guerra: en dicho año, la de don Francisco Pignatelli, duque de Terranova y Monteleón; en 1708, la de don Gaspar Ibáñez de Segovia, marqués de Mondéjar, con unos 6.000 volúmenes; en 1710, la del arzobispo de Valencia, don Antonio Folch de Cardona, y en 1711 la extraordinaria del duque de Uceda, por sólo citar algunas de las más importantes. Tal cúmulo de libros requería forzosamente alguna actuación; no hubiera sido adecuado enviarlos a la Biblioteca de El Escorial, símbolo de la vieja monarquía austriaca, que entonces languidecía. La fundación de una nueva biblioteca en la Corte cumplía así un doble propósito: por un lado propiciaría la creación de una institución centralizadora que contribuiría al prestigio de la nueva monarquía y ejercería un efectivo control intelectual, y por otro sería la solución para instalar con dignidad la gran riqueza bibliográfica acumulada por las incautaciones, que amenazaba con derrumbar algunas estancias de Palacio sin provecho de nadie. A tal fin, desde 1711 el maestro mayor de las obras reales Teodoro Ardemans estaba acondicionando varias estancias en el pasadizo que Felipe III había mandado construir para unir el viejo Alcázar con el convento de la Encarnación, y allí se fueron instalando los fondos según iban llegando. El llamado "pasadizo" lo formaban unas construcciones amplias, con patios interiores, que partían de la línea de la fachada del Alcázar, donde se hallaba también la llamada Casa del Tesoro, hacia la actual Plaza de Oriente, para doblar luego en ángulo recto hacia atrás, en dirección al convento de la Encarnación. Se habilitó una entrada cercana al palacio, por medio de una escalera por la que accedía desde la plaza.

La fundación de la Real Librería fue en gran medida una decisión política tomada en un momento crítico como es en mitad de una guerra. No debe extrañarnos, pues, que aquella se realizase con la íntima colaboración de dos personalidades muy significativas: el confesor del Rey, el jesuita P. Pierre Robinet, y don Melchor Rafael de Macanaz, secretario real. ambas figuras parecen perfectamente escogidas para este fin, pues además de encarnar respectivamente el máximo control en los terrenos religioso y político, el primero había sido el organizador en Francia de las bibliotecas de los jesuitas, orden que desde el siglo anterior se había preocupado especialmente de las cuestiones biblioteconómicas, y el segundo gozaba de prestigio intelectual.

El 1 de marzo de 1712, apenas sin organizar, bajo la dirección del P. Robinet, con una plantilla compuesta casi exclusivamente de eclesiásticos y varios de ellos franceses, se abre al público la nueva Real Libraría en los locales del pasadizo del Alcázar. Este pasadizo contaba con locales amplios, aunque en gran parte ocupados por los más diversos empleados de Palacio, tales como los músicos y cantores de la Real Capilla, los peluqueros de Palacio o el boticario regio, así como por los capellanes de las monjas vecinas. La fachada mostraba en su parte delantera con arcos de medio punto, por donde se accedía a las tres plantas del edificio; el interior estaba decorada con techos pintados con figuras de escritores, los armarios de los libros eran de madera fina labrada con puertas enrejadas, y las amplias naves se adornaban con mesas, globos y estampas.

A los fondos de las incautaciones se había añadido que la biblioteca que, desde tiempos de Felipe IV, se guardaba en la Torre Alta del Alcázar, con más de 2.000 volúmenes, además de, al parecer, 6.000 volúmenes que Felipe V hizo traer de Francia, de los que no tenemos noticias más concretas. Los libros se habían ordenado por materias, destinando una pieza especialmente segura a los manuscritos. El estado de catalogación era bastante deficiente, pues aunque el Rey había ordenado que se llevase un índice de todos los libros, éste avanzaba con gran lentitud por la escasez del personal. En los primeros años el desorden debió ser muy grande, aunque se fue avanzando bastante en tiempos de don Juan Francisco Rosa, sucesor interino del P. Robinet, y de los confesores y jesuitas PP. Esteban Lecompaseur y Guillermo Daubenton. La gestión de este último fue decisiva, pues además de promulgar los primeros Estatutos, cuya redacción encomendó al sacerdote y bibliotecario mayor Juan de Ferreras, aumentó la plantilla y la dotación de la Biblioteca.

Aunque la Biblioteca se abrió en 1712, la Real Cédula de fundación no se promulgó hasta enero de 1716, ya acabada la guerra; en aquella se establecía como director al confesor real, se le asignaba para su sostenimiento la renta del tabaco y de los naipes, y se nombraba al personal, formado por el bibliotecario mayor, cuatro bibliotecarios, un administrador, dos escribientes y un portero. A la Cédula fundacional siguieron los mencionados Estatutos, que se imprimieron el mismo año junto con aquélla, y en los que se detallaban las normas para la administración y uso público de la Biblioteca; el horario de trabajo y apertura era de 9 a 12 y de 15 a 18 horas en invierno, y de 8 a 11 y de 16 a 19 horas en verano.

La Real Librería inicia su verdadera marcha hacia adelante a partir de la entrada en vigor de sus nuevos Estatutos. A partir de entonces comienza la actividad editorial de la Biblioteca, aunque frecuentemente con obras de tema no bibliográfico (como los sermones del P. Bourdalue), pero también se edita en 1738 una obra tan importante y ambiciosa como la Bibliotheca universal de la Polygraphia española de Critóbal Rodríguez, primer tratado de paleografía hecho en España utilizando las láminas de Mabillon. También se avanza considerablemente desde entonces en la confección de catálogos, que se copian con gran esmero caligráfico, como la Bibliotheca geographica et chronologica (1729) o el de obras de matemáticas de 1730. El primero es obra caligráfica de Juan de Iriarte, que desde ese año trabaja como escribiente en la Biblioteca y sería años más tarde uno de sus más destacados bibliotecarios y autor de su primer catálogo publicado, el de los manuscritos griegos.

Pasado el susto del incendio del Alcázar en 1734, que afortunadamente no afectó a la Biblioteca, con la llegada al trono de Carlos III y al puesto de bibliotecario mayor de la Real Biblioteca de Juan de Santander, ésta alcanza su momento de máximo esplendor. Las nuevas Constituciones de 1761 suponen un considerable desarrollo de los primitivos Estatutos: por ellas se aumenta la plantilla en varios escribientes, celadores y porteros, se incrementa la dotación para conservación, servicio y adquisiciones de libros, se mejora la seguridad del edificio y fondos, se regulariza la confección de los índices. Se publican entonces magníficos catálogos, como la Bibliotheca arabico-hispana Escurialensis de Miguel Casiri (1760-1770) o los ya mencionados Regiae Bibliothecae Matritensis codices graeci de Juan de Iriarte (1769), así como las reediciones de las Bibliothecae Nova et Vetus de Nicolás Antonio. AJuan de Santander le sucedió en 17883 su principal enemigo, Francisco Pérez Bayer, quien pese a actuar en contra de la labor de su predecesor prolongó la etapa más brillante de la Biblioteca hasta la época de Carlos IV.

Con el nuevo siglo, la Biblioteca Real, como otras instituciones españolas, inicia una etapa de decadencia, reflejo de la general de la sociedad. Pero si la decadencia de la institución se iniciaba entonces, la del edificio venía de atrás; pese a su lujosa instalación, y quizá a causa de la sobrecarga de peso, desde 1753 se arrastraba la alarma de la amenaza de ruina del edificio; se advirtieron entonces grietas en las paredes principales, que reconocidas por el maestro de obras pusieron de manifiesto que los machos eran de tierra y estaban reventados, por lo que hubieron de hacerse costosas obras de consolidación. pero el informe del arquitecto Juan de Villanueva en 1799 demostró que los problemas no habían desaparecido. La posibilidad e un traslado del edificio venía considerándose por los menos desde principios del XIX, y en 1808 don Pedro Ceballos propuso su instalación en el Palacio de Buenavista. La decisión definitiva, sin embargo, sobrevino de improviso y con motivo de las reformas urbanísticas de José I; en 1809 el Ministro del Interior comunicó al bibliotecario mayor, don Juan Crisóstomo Ramírez Alamanzón, el Decreto por el que debía trasladarse la Biblioteca al antiguo convento de los Trinitario Calzados, en la calle de Atocha. Como suele suceder en estos casos, el traslado se hizo con tal premura que incluso se empezó la obra de demolición del edificio del pasadizo del Alcázar antes de que los libros hubieran sido sacados y con los bibliotecarios dentro vigilando su seguridad; uno de ellos, el sacerdote don Francisco Antonio González, todavía intervendría pocos años después en otros dos traslados de edificio. Como lógica consecuencia de este modo de proceder, ni el transporte de los libros ni su nueva instalación se harían en las mejores condiciones, con lo que la nueva Biblioteca, en la que se habían depositado además los libros de los conventos suprimidos, quedó convertida en una especie de almacén; situación que empeoró al haber de compartir el edificio con los frailes que reclamaron la posesión de su antiguo convento, lo que dio lugar a un nuevo traslado en 1819.

Así pues, a partir de 1809 la Biblioteca Real se desvincula de la instalación en los locales de Palacio. El pasadizo fue derruido para construir la Plaza de Oriente, y la Biblioteca ocuparía varios edificios a lo largo del siglo XIX. Pero ahora no debemos seguir más adelante, ya que aquí queda concluida la relación de la Biblioteca Real con el viejo Alcázar de los Austrias.

Nota bibliográfica. Contienen referencias al tema de este trabajo las obras siguientes: Bouza Alvarez, 1992; Cuesta Gutiérrez, 1961; García Morales, 1970; García Morales, 1971; Mestre Sanchís, 1981; Paz, 1916, y Pradells Nadal, 1984.


* Publicado en: El Alcázar de Madrid: dos siglos de arquitectura y coleccionismo en la Corte de los Reyes de España. Dirigido por Fernando Checa. Madrid 1994. Reproducido con la autorización del autor.


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