El incendio del Alcázar.

Relato de Félix de Salabert, Marqués de Torrecillas ("Memorias", Madrid, 1734, citado por G.Maura Gamazo en "Carlos II y su Corte", Madrid, 1911)
... un muchacho pasó por San Ginés y San Martín gritando. "¿Cómo no tocan a fuego?, que se quema Palacio". Y empezaron a tocar a fuego...
Nochebuena, viernes 24 de diciembre de 1734, doce de la noche, mudó (sin novedad) la guardia. A las doce y cuarto, los centinelas que estaban en el lienzo de la Priora, que cae a Poniente, avisaron que había fuego en aquel lienzo y cuarto nuevo. En Palacio todos estaban durmiendo y aunque las campanas tocaban a fuego, discurrían que eran maitines (rezos de antes del amanecer) y Misa del Gallo.
Los Religiosos de San Gil pasaron a Palacio y lo primero que hicieron fue despertar a los dormidos y sacar a las familias y a la marquesa de Fuentehermoso y, sin embargo, creo que pereció una mujer. Enviaron a llamar al cerrajero Flores, que trajo algunas llaves, con lo cual fueron a la Capilla y rompiendo la puerta del Sagrario, sacó un religioso el Copón y los seglares unos candelabros y dos blandones de plata. Llevóse el Santísimo al Cuartel de los soldados y aunque los religiosos querían liberar el Relicario que estaba debajo de la capilla, no pudieron entrar por espacio de tres horas, por falta de llaves; a las cuatro de la mañana de aplanó (se derrumbó) la capilla y suelo de ella, reservando sólo la bóveda donde estaban las alhajas viejas. Y sin dejar memoria (nada) de retablo ni capilla, excepto las paredes arruinadas... debiéndose notar que, aunque Sus Majestades han estado fuera cinco años, siempre habáin celebrado los maitines de Nochebuena por los músicos de la Capilla Real, menos ésta.
Los religiosos de San Gil y otras comunidades acudieron a sacar alhajas; y como las pinturas del Salón Grande estaban embutidas en la pared, sólo pudieron arrancar algunas que estaban bajas, pues no había escalera. El fuego consumió luego la fachada de la Priora y pasó a la torre de la fachada de Palacio, y torre que cae al parque y plazuela; y en el tercer alto de hallaba el Archivo de papeles, derechos reales de las Indias, y Bulas pontificias y de toda la Corona y demás papeles de todas las materias del Estado, cuya importancia no se puede significar (aunque en Simancas se hallarán algunos). Esta torre fue abrasada en poco tiempo, con grande asombro de todos los que vieron arrojar tanto fuego, y comunicó el incendio a la fachada principal principal de la plazuela.
Sábado, 25 de diciembre, primer día de Pascua, continuó el fuego en todo el Palacio, así por la fachada y salón dorado, sala ochavada, salón de Embajadores y sala de las Furias, como también por las espaldas, cuartos del Rey, Reina y corredores. A las cuatro y media de la tarde de dicho día era el viento de Poniente, tan recio, que servía de alimentar el fuego, pues todas sus llamas se encaminaban a buscar mayor aumento, guiando hacia el cuarto del Príncipe y su torre, que cae a la plazuela de Palacio y arco de San Gil, con el mayor vigor que se puede ponderar. Y aunque todos creyeron que fuerzas humanas no bastarían para cortar el fuego, y que pasase a la Casa del Tesoro, Biblioteca y Señoras de la Encarnación, la disposición divina aplacó el fuego, dejando libre la torre del Príncipe y aún siete balcones más. Y el fuego formó una galería en toda la plazuela de Palacio, con que aquella tarde y su noche se sustentó en sus propias ruinas. Y no cesó en todo el día la gente en su fatiga de ejecutar cortaduras; anteponiendo el temor a la muerte por el amor al Rey.
Las comunidades y en especial la de San Gil, desde el primer instante, no perdió el tiempo en conducir a su convento alhajas, cofres, espejos y plata. Y cuando el fuego lo permitía, arrojó por los balcones a la plazuela arcones de plata labrada, cofres con dinero, y aún se rompió uno lleno de doblones de Doña Laura, y todo género de preciosas alhajas, arcones de madera, puertas, ventanas y todo género o materia en que el fuego se pudiese cebar, quedando toda la plazuela llena de despojos, con sentimiento general de sus dueños, como se puede considerar, entre los cuales había gran cantidad de espejos y vidrieras de cristal de mucho valor. Y es cierto que las puertas principales de Palacio, en más de tres horas no las quisieron abrir, por el temor del saco, de que se originó el perjuicio de que el fuego impidiese la libertad de muchas alhajas, que se hubieran librado con tiempo. Por la tarde se sacaron, por la calle del Tesoro, cinco galeras de a siete mulas (que se dijo ser) de dinero de los Señores Infantes; y no fue necesario sacar el del Príncipe; las colgaduras del Rey y la Reina se salvaron todas. La noche del sábado se liberó enteramente el Guardajoyas de la Corona, la célebre Margarita y las joyas de la Reina. De las paredes de la covachuela del Estado se sacó mucha parte, el todo de la de Justicia y parte de la de Hacienda. Perdíose enteramente la de Marina, Indias y Guerra.
El domingo 26 de diciembre, segundo día de Pascua, se continuó de cortar y apagar el fuego, y en sacar pedazos de plata derretida de la Capilla, por los padres de San Gil, los que se depositaron en su convento. Por las espaldas, continuaba el fuego hacia la torre de Carlos V; y, a su proporción, el cuidado de que pudiese encaminarse a la torre del Príncipe, Biblioteca y Convento de la Encarnación. Y en este caso podía peligrar San Gil por la parte del Camarín. En este día hubo un soldado blanquillo ahogado en un pozo.
Lunes 27, tercer día de Pascua, se continuó en cortar y apagar el fuego generalmente y en derribar algunas ruinas, para evitar las desgracias que podían ocasionar en los trabajadores, y los Padres de San Gil (a quién se cometió el conocimiento de las ruinas de la Capilla) sacaron mucha plata, oro, bronce, plomo, candeleros rotos, fuentes, cálices, ángeles y adornos de sacristía.
Martes 28, día de los Inocentes, a las once, con asistencia del Mayordomo mayor, marqués de Villena y de D. Juan de Reparáz, Controlador, se ordenó sacar una reja debajo de la Capilla, por donde se sacase la ruina de dicha Capilla y Sacristía, y en donde estaba el Relicario, a fin de buscar las reliquias, custodias, metales y piedras preciosas. Y por la tarde, los trabajadores dieron principio, sacando una cabeza de madera, con su velo, sin la menor lesión, la cual era de la señora Santa Ana, que había rescatado del poder de los infieles la Reina Madre.
Miércoles 29, continuaron en sacar las ruinas de la Capilla y Relicario, con la asistencia ya dicha. a las diez delk día se sacó entero en una cajita, la preciosa reliquia del Lignum Crucis, el clavo (el cual pidieron los peones se les diese a adorar o que no trabajarían, lo que les concedió, enseñándole a todos y adorándole), y Don Urbán Ahumada, Marqués de Montealto, Corregidor de Madrid, dio un lienzo blanco, en el cual se envolvió dicho clavo, hasta que se trajo un tafetán, guardando, por reliquia, el pañuelo del Corregidor; sacóse el adorno muy mal tratado, y el de la Flor de Lis, habiendo quedado solo dos partes de la dicha flor, las perlas de color de cera. A las once tomó un capellán de honor las reliquias y, en reforma de procesión, y con hachas, se salió a la plazuela; y en el coche de Villena entró dicho Capellán, y Villena y su hijo a los caballos, partieron al sitio del Pardo a llevar a los reyes este tesoro. Por la tarde se sacó la custodia derretida, hecha pedazos, y sólo se sacó intacto el viril y el pie de dicha custodia; y, entre las ruinas, se hallaron muy crecidos diamantes brillantes, y se dispuso que la tierra que se sacara se echase en unas arcas, para poder separar tan crecido número de piedras y metales, y se llenaron cuatro cofres. Y en esta tarde hubo dos peones muy mal heridos, y fue necesario acudir a apagar el fuego, que volvía a acrecer en el interior de Palacio.
Jueves 30 de diciembre, se continuó en el derribo de paredes, que amenazaban total ruina contra los trabajadores, y en separar la tierra de la Capilla, en cuyo día se sacaron muchos huesos de santos, y con especialidad, uno de los innumerables mártires de Zaragoza, muchos diamantes y metales y pedazos de pórfido del retablo; habiendo quedado en pie, en la tarde, dos columnas grandes de pórfido y la estrella de lapizlázuli hecha ceniza.
Viernes, 31 de diciembre, se continuó el derribo, en el cual se sacó mucha plata y diamantes, y sólo hubo un herido de muerte. Será razón que habiendo dado fin este desgraciado e infelíz año, le demos a la relación con decir: que de Palacio sólo quedó la pared de la fachada de la plazuela y la torre del Príncipe; la de Carlos V, que padeció poco, y las bóvedas; todo lo demás es necesario derribarlo y si se volviese a hacer de nueva planta, aún lo será derribar y macizar dichas bóvedas, en lo cual se gastará un tesoro. La Capilla Real se ha mandado poner en el Cuarto del Príncipe,para hacer allí los oficios y funciones della.
Para manifestar la grandeza de este Palacio diremos haber sido centro de los Reyes de España y que en el espacio de muchos años todo ha sido aumentarle, consumiendo las riquezas de las Indias; al adquirir un tesoro de pinturas originales de los primeros hombres que por asombro ha tenido el mundo, como Rubens, Ticiano, Apeles, El Españoleto y muchos otros. La riqueza de piedras preciosas de Asia y América, Inglaterra, con sus primores, Roma con sus reliquias singulares; China, con su loza tan celebrada como quebradiza vajilla, y un conjunto tan singular compuesto de tantos siglos, convertido en veinticuatro horas en cenizas, dejando memoria a los siglos venideros. El motivo de esta quema se ignora, y los más convienen que en el cuarto de Juan Ranc, pintor, los mozos se emborracharon y que encendieron lumbre en la chimenea, por donde se originó este incendio; y otros lo dificultan a causa de que era menester para esta quema mucho más tiempo. Los maestros de obras se maravillan de que el fuego pasase en tan poco tiempo a la Capilla y cuatos del Rey y la Reina.