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LA FORMACIÓN HISTÓRICA DEL CONCEPTO DE MUSEO
La sensibilidad y el interés social hacia los temas relacionados con
la conservación de las obras artísticas es producto de un proceso histórico,
en el que se ha ido definiendo y formando ese interés. La aparición de los museos
en el mundo moderno ha aportado no sólo un lugar, un ámbito espacial, sino también
una metodología, a la necesidad de conservación de la obra artística, y también,
por qué no, una guía a la curiosidad que siempre ha despertado el arte.
Por una parte, la formación de la Museología como una
nueva disciplina que se ha abierto campo en la vida universitaria y que en pocos
años ya ha formado especialistas que están dando cuerpo y desarrollo metodológico
a la investigación de los temas relacionados con los museos y, consecuentemente,
la conservación y difusión cultural de los bienes patrimoniales. Por otra parte,
el apoyo de los poderes públicos a los museos parece una respuesta a la necesidad
de que el legado artístico asuma una cierta función representativa. Y también,
conviene considerarlo, aspectos colindantes a los fenómenos puramente culturales,
como son los del ocio y el turismo, que han determinado no sólo una necesidad
de promover acciones sociales para dar respuesta a las demandas del público
en su tiempo libre, sino también la preservación de la imagen
y el prestigio cultural como un producto de interés hacia el exterior, o como
un espejo de la imagen que cada país proyecta hacia los demás. Aunque esta "frivolización"
funcional del arte pueda verse por los especialistas como una ociosidad, una
visión moderna, que no nueva, de los temas relacionados con los museos y la
investigación sobre temas artísticos obliga a considerar los métodos de difusión
y de financiación, por lo que no deberían desdeñarse ni tratarse a la ligera
los aspectos relacionados con la comunicación, la comercialización y el acceso
del público a los productos culturales. Lo que antes se valoraba como una simple
obligación del Estado, que debía velar por su misión educativa y de conservación
del patrimonio, hoy debe verse como un proceso para revitalizar la actividad
de los museos y para encontrar fórmulas de financiación que permitan dotar a
estas instituciones de una mayor autonomía y de unos mayores recursos.
Históricamente, en el origen mismo del culto fetichista a los objetos
artísticos, todo nace de ese "afán de poseer objetos admirados o de
prestigio" común a todos los tiempos y a todas las culturas. A partir
de aquí, el proceso a considerar es la aparición del coleccionismo privado en
el mundo moderno, que de su carácter individual y de clase
ha progresado hacia la institucionalización y la socialización, en la que el
museo asume un papel relevante. Pero a
pesar de su interesante función social, el museo no ha conseguido sacudir
de su imagen popular en el mundo moderno un cierto matiz peyorativo: hay un
cierto lastre, un recelo intelectual que ha ido impregnando con el tiempo el
concepto ya tradicional, decimonónico, del museo. Como ha señalado Aurora León
([1 [1]. LEÓN, Aurora, "El Museo.
Teoría, praxis y utopía, Madrid, 5 ed, 1.990, pág. 10.
Desde la antigüedad existen numerosos ejemplos del afán del hombre por
la posesión de los objetos, el gusto por su acumulación y el placer de mostrarlos.
En la sociedad de hoy, el coleccionismo está tan arraigado que es prácticamente
una obviedad casi todo lo que puede decirse sobre él: hemos nacido en su cultura
y lo hemos heredado como una tradición más. Ya de niños coleccionamos cromos
de deportistas o de artistas, cajitas, canicas, minerales, pegatinas, llaveros,
etc..; el coleccionismo en los adultos no deja de ser a veces sorprendente y
abarca desde los objetos valiosos a los más simples: sellos, monedas, insectos,
prendas de vestir, figuras de animales, etc.., a los más suntuosos: relojes,
automóviles, antigüedades, joyas... En general, el coleccionismo hoy denota
una curiosidad hacia el mundo de los objetos y un sentido
fetichista que no siempre está ligado a su valor material. El coleccionismo
genera corrientes de afecto entre las personas y los objetos,
a los que aporta significados especiales independientes de su uso. La reflexión
sobre los orígenes de esa curiosidad y de esas corrientes afectivas hacia las
cosas materiales que se manifiesta en el placer de acumularlas,
nos hace ver que no es un fenómeno nuevo, aunque en la moderna sociedad
de consumo si presenta lógicas peculiaridades.
En el caso del arte, el coleccionismo, en la cima de la "moda"
reservada a la elite, está sólo al alcance de los poderosos
y se ha convertido en un "signo" de ese poder. El coleccionismo
ha actuado como fenómeno catalizador determinante de la cotización del arte,
del precio, por tanto, que las obras adquieren en el mercado. El mercantilismo
del arte genera un cierto rigor por la identificación, clasificación y catalogación
de las obras, en las que se basa este mercado. Es un fenómeno que ya difícilmente
puede disociarse de la investigación y el análisis de las obras artísticas.
Las clasificaciones de estilos, tendencias, escuelas... y las jerarquías del
valor de los artistas tiene sus cimientos en la Historia y la Crítica del Arte,
pero ha acabado por convertirse en un fenómeno de mercado. Nunca se hizo tan
patente la disociación entre valor y precio.
No son los críticos, especuladores del valor, los que
determinan el precio, naturalmente reservado al mercado,
a la ley de la oferta y la demanda, en este caso marcada por el capricho
del cliente. Naturalmente, el proceso cultural de valoración artística,
la labor de críticos e historiadores, y las propias colecciones de los grandes
museos han servido para marcar las pautas, pero las transacciones entre particulares,
galerías, coleccionistas, marchantes, etc., generadoras de sus propias leyes
de mercado, son las que han elevado al arte a la categoría de fenómeno económico,
donde la mercancía artística sirve de patrón universal quizá solo equiparable
al "oro". Los grandes bancos, las mayores fortunas, los gobiernos,
invierten en arte al considerarlo no sólo una inversión "segura"
sino también una inversión de prestigio. En su esencia,
el desorbitado mercado del arte tiene su origen en la necesidad de encontrar
objetos que puedan ser considerados como "piezas únicas" inimitables
o infalsificables, universalmente deseadas y admiradas. El arte ha adquirido,
ha oficializado, ha institucionalizado, ha socializado, la sensibilidad del
hombre. Con los años se ha constituido en un valor universal, pero sin duda,
no tanto, no sólo, por sus propiedades para el deleite intelectual o de los
sentidos como por la propia conveniencia del mercantilismo. Y en una cultura
como la nuestra, en la que el dinero representa socialmente la medida de casi
todos los valores, arte y poder, coleccionismo y clases privilegiadas, son tan
indisociables que difícilmente pueden entenderse uno sin el otro, dejando al
museo la representación de los intereses colectivos, la función social, la garantía
de que los humildes, las masas, los proletarios, los no elegidos, puedan tener
acceso a la contemplación de los bienes artísticos que simbolizan lo
eterno, lo que perdura, lo que pasa a la Historia. Paradójicamente,
y consecuentemente, los juicios y prejuicios de los intelectuales siguen siendo
los ejes de la valoración del arte, y ante la incomprensión general, asumen
ciertas funciones reverenciales persistentemente reservadas,
en nuestra sociedad, a la religión. Es
sorprendente la incomprensión que suscita una imagen medieval, por ejemplo,
admirada, idolatrada, por una legión de personas que desconocen los códigos
para aproximarse a una interpretación culta. Pero lo mismo sucede con la pintura
moderna, con el manierismo o el romanticismo, con la pintura de Historia, con
el arte abstracto, el fauvismo o el cool-art, que nos demuestran
cada día la enorme dimensión del analfabetismo visual de nuestro entorno. Los
medios de masas multiplican las imágenes, las divulgan, las hacen populares;
pero los códigos de lectura no se multiplican, no se divulgan, no se hacen populares.
El arte crea sus propias liturgias, el público profesa actos
de fe ante las imágenes que cuelgan en las paredes de los museos,
a veces sin entender nada: el crítico, el historiador del arte, asume la función
de sumo sacerdote, oficia, aun en ausencia, en esta ceremonia
en la que hemos convertido la contemplación de las obras de arte en sus panteones,
en sus museos.
Un repaso a la Historia nos hace ver, a grandes rasgos,
como este es el resultado de un proceso histórico complejo, con algunas constantes:
aun cuando los motores de la actividad artística puedan haber sido las creencias
religiosas o las búsquedas individuales de los artistas o de sus mecenas, el
arte ha sido de forma generalizada el botín material más codiciado de los poderes
económicos y políticos, y el paradigma
de un fetichismo asumido por todos.
La mirada atrás que aquí proponemos intenta subrayar algunas etapas en
el proceso diacrónico que ha formado nuestra sensibilidad y todos los conceptos
que hoy aplicamos a las actividades de los museos, para dar del mismo una visión
general ([2. De la amplia bibliografía existente
sobre la materia, podemos señalar algunos manuales que dan una visión general
y bien documentada del proceso, como son: ALONSO FERNÁNDEZ, Luis. "Museología.
Introducción a la teoría y práctica del museo" Istmo, Madrid, 1993;
HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, Francisca, "Manual de Museología", Madrid,
1994; LEON, Aurora, "El Museo. Teoría, praxis y utopía", Madrid,
5 ed, 1.990; y los clásicos RIVIERE, Georges Henri. "La Museología.
Curso de museología. Textos y documentos." Akal, Madrid, 1993; y BAZIN,
Germain. "Les temps des musées", Bruxelles, 1967 ("El
tiempo de los museos", Daimon, Barcelona, 1969).
Ya en la antigüedad conocemos manifestaciones míticas del coleccionismo,
que todavía, obviamente, no representa un fenómeno cultural tal y como hoy podamos
entenderlo, en su dimensión social, pero sí está ligado a los grandes poderes
de la sociedad. Conocido es que en el Antiguo Egipto el culto a los muertos
y las creencias religiosas convirtieron a las tumbas en "pequeños museos"
en los que se acumulaban grabados, inscripciones, relieves, dibujos y objetos
diversos como figurillas que representaban servidores de los diferentes oficios,
animales, edificios o embarcaciones. Desde luego, no puede hablarse de coleccionismo
en el sentido que hoy damos al término, sino en una simple acumulación de objetos
con una intencionalidad simbólica y representativa. Pero la acumulación suntuaria
de elementos que expresan creencias o ideas (hoy podríamos hablar de valores
"artísticos") no se limitaba a la vida de ultratumba; también los
templos y palacios se vieron revestidos de objetos y signos que les conferían
carácter representativo y ornamental. Ciudades míticas, como Tebas, a la que
Homero cantó como "la ciudad de las cien puertas", erigió objetos
monumentales representativos que glorificaban el poder de los gobernantes ([3 . GRIMBERG, Carl. "El
alba de la civilización". Madrid, 1.972. pág. 152.
Conviene tener en cuenta la vida simbiótica que en las culturas primitivas
tienen todas las artes representativas en general o, por decirlo de otro modo,
la comunión entre pintura y escritura. Hoy, a pesar de los esfuerzos de la semiología
y de la teoría del arte tendemos a pensar en ellos como dos mundos separados
-separación falaz- cuando en realidad forman parte de un mismo sistema de significados
para conocer los valores de una cultura. Pero los modos de escritura pictográfica
están presentes en todas las culturas primitivas y no puede hablarse de imágenes
creadas para el puro deleite de ser contempladas, sino de imágenes que forman
parte de un sistema de significación. El mayor equívoco al que pueden llevarnos
los museos actuales es al de la contemplación de imágenes de las cuales desconocemos
las claves para interpretar sus significados, quedando reducidas a un fenómeno
puramente estético que en muchas ocasiones las desvirtúa, al menos, en relación
con sus funciones y sus significados originales. Es necesario, pues, tener en
cuenta que una acumulación de imágenes no necesariamente significa un afán coleccionista
tal y como hoy lo entendemos, sino que en la medida que las imágenes tienen
una función pictográfica su agrupación y organización encierra una forma de
significar, es decir, constituyen elementos de un mensaje que une a las diferentes
imágenes, a través de sus significados, en algo común, en un mensaje global.
Debemos a J. Elliot unos interesantes estudios para clarificar estos conceptos
relativos al uso de imágenes en las culturas primitivas ([4 Elliot, Jorge. "Entre
el ver y el pensar", ed. en castellano, México, 1.976.
Una de las primeras figuras míticas del más primitivo coleccionismo fue
Asurbanipal, que reinó en la antigua Babilonia entre el 668 y el 630 a.C., quien
debe gran parte de su fama a los relatos de griegos y persas sobre sus legendarias
gestas como guerrero, pero también como arquitecto y como impulsor de las ciencias
y la literatura. Asurbanipal conquistó territorios en Egipto e hizo llevar a
Nínive un botín de guerra compuesto por dos obeliscos y treinta y dos estatuas
que fueron ubicadas a las puertas de Assur para provocar la admiración y el
orgullo entre su pueblo. Este "afán de captura y posesión"
de las realizaciones artísticas de la cultura conquistada, que adquiere carácter
de trofeo, encuentra en la ciudad el escenario para la exhibición pública de
las obras y tiene un sentido simbólico y aleccionador. Pero donde Asurbanipal
desarrolló un voraz afán coleccionista fue en la realización de la más antigua
biblioteca del mundo, para la que reunió más de veinte mil textos en tablillas
cuneiformes de arcilla, que se conservan hoy en el British Museum. A su muerte,
el general caldeo Nabopolasar tomó Nínive y se proclamó rey de Babilonia y emprendió
la labor de restaurar la ciudad y devolverle su antiguo esplendor, tarea que
desarrolló su hijo Nabucodonosor, cuyo palacio recibió el nombre de "gabinete
de las maravillas de la humanidad". También en los palacios de la antigua
Persia tuvieron notable desarrollo las artes suntuarias con carácter representativo.
La ciudad y el palacio nos aparecen, históricamente, como los primeros escenarios
en los que se desarrolla la actividad pre-museística.
En el área del Mediterráneo es donde cabe imaginar una mayor libertad
en el quehacer artístico. Sabemos que en Creta se desarrolló una industria de
producción masiva de obras de arte destinadas al comercio. También sabemos que
las expediciones mercantiles de los fenicios contribuyeron al intercambio de
los objetos artísticos entre los pueblos mediterráneos. Los fenicios conectaron
las costas de Asia Menor con Chipre, las islas del mar Egeo, Africa del Norte,
Malta, Sicilia, Cerdeña y el sur de España, por lo que han pasado a la Historia
no sólo como intrépidos marinos sino como dinamizadores del intercambio cultural
entre estos pueblos, desarrollando un gusto por la posesión de piezas artísticas
de otras culturas por procedimientos no bélicos.
Pero donde el coleccionismo tuvo su verdadero origen unido al concepto
de museo fue en Grecia. Allí comenzó a utilizarse por primera vez la palabra
"museion" ([5 HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, Francisca.
Op. cit. pp. 14, Madrid, 1.994 y ALONSO FERNÁNDEZ, L. op. cit, pp. 27-38, Madrid,
1993.
En el siglo V a.C. los Propileos de la Acrópolis de Atenas construidos
por Pericles, de cuyos pormenores nos dio cuenta Plutarco, estaban dotados de
una pinakotheke en una de sus alas, tal y como describe Pausanias ([6 ALONSO FERNÁNDEZ, L.
op. cit. pp. 50
En el año 285 a.C. surge en Alejandría la primera institución concebida
como un verdadero centro cultural, el Museión, con salas de reunión,
observatorio, jardines y biblioteca. Fue fundado por Ptolomeo II y, frente al
concepto casi de panteón en el que ha degenerado en nuestra cultura el concepto
de museo, llama la atención el carácter vitalista con el que se concibe este
primer museo de la cultura helenística, que responde a un espíritu que hoy denominaríamos
universitario, un centro libre para la enseñanza y el intercambio de ideas y
conocimientos. "Se trataba de un lugar privilegiado, en el que se reunía
todo lo concerniente al saber y la investigación, pero en el que también había
un parque zoológico, salas de disección, múltiples jardines, pórticos, exedras,
estatuas, etc..; en definitiva: todo lo que se necesitaba para el estudio o
la discusión en medio del marco más agradable. No se había perdido tampoco el
sentido del culto original, ya que el director del conjunto era el gran sacerdote
de las musas" ([7 CALVO SERRALLER, Francisco. "El
museo alejandrino", en "El museo: historia, memoria, olvido".
Revista de Occidente, núm 177. Febrero, 1996.
En Roma, la palabra "museum"
también define un lugar, una villa, en el que se llevan a cabo reuniones filosóficas;
el término "nunca se aplica a una colección de obras de arte".
No obstante, Vitrubio, quien ya utilizó el término "pinacoteca",
da cuenta de la existencia de colecciones de obras de arte, incluso de carácter
privado, como la célebre de Lúculo, procedentes del saqueo de ciudades o de
compras, ya que las piezas artísticas "representaban un elemento de
prestigio social". "La ciudad de Roma llegó a convertirse en un gran
museo, existiendo un mercado de arte en las vías sagradas, que provocó la venta
de falsificaciones o copias como obras auténticas y la realización de restauraciones
que llevaron, incluso, a la pérdida de la obra original" ([8 HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. Op.
cit., pág. 15.
"El comercio artístico en Roma se basó en la exportación,
expoliación y botines de guerra... Volver de la batalla sin mármoles y bronces
griegos era no sólo privar a la República de un prestigio reconocido y al pueblo
de un patrimonio cultural creciente, sino perder un "status" social
que quedaba a salvo con una triunfante decoración casera" ([9 LEON, Aurora. "El Museo.
Teoría, praxis y utopía". Madrid, 1.990, pág. 17-18.
En consecuencia, constatamos que ya en la antigüedad clásica el culto
a los objetos artísticos respondió a motivaciones de exaltación del poder y
del triunfalismo bélico, pero también a motivaciones hedonistas y a modas,
determinantes del desarrollo
de un cierto tipo de coleccionismo artístico.
Mundos imaginarios y espiritualidad: la sacralización del arte.
La demostración de que el desarrollo de unas formas de arte religioso
fue unida a un cierto sentido fetichista y de culto a los objetos, está en el
propio hecho de que la Iglesia católica, en determinados periodos, llegó a perseguir
la idolatría. El culto a las imágenes derivó en un uso pagano de las mismas,
propio de quienes las adoraban como objetos del culto y no como elementos de
la espiritualidad a través de las cuales interpretar los dogmas de la fe católica.
No obstante, el desarrollo figurativo e iconográfico de un arte religioso fue
imparable, derivando poco a poco hacia el naturalismo, pese a mantenerse dentro
de la tutela del poder eclesiástico.
El mundo gótico, con el carácter monumental de sus catedrales y el asentamiento
de los modos de vida urbanos, desarrolló la magnificación del coleccionismo.
Las catedrales se constituyeron en monumentos de carácter museístico, albergando
tesoros con relicarios, piezas de orfebrería, manuscritos, vestiduras litúrgicas
y demás piezas artísticas que aportaban no sólo suntuosidad sino también glorificación
pública y mundana de los valores religiosos. La catedral "es la ciudad
dentro de la ciudad, el núcleo intelectual y moral de la colectividad, el corazón
de la actividad pública, el apoteosis del pensamiento, del saber y del arte"
([11 FULCANELLI. "El misterio
de las catedrales", 1.925. Ed. en castellano, Barcelona, 1.975, pág.
49.
El arte estaba supeditado a esta función, en las que estas colecciones
de objetos tenían una razón de ser en la vida espiritual y las edificaciones
religiosas servían no sólo como lugar de culto sino también como centro para
la custodia y la exhibición de las obras artístico-religiosas. Actuaban, pues,
como verdaderos museos populares, construidos por el poder eclesiástico pero
sufragados, financiados, por el pueblo. "La Iglesia-Institución se convierte
en el centro del mundo artístico. Se concibe el arte como una forma de enseñanza
que se imparte en los monasterios y tiene su reflejo en los campos de la literatura
y las ciencias. Las Cruzadas van a constituir un acontecimiento importante para
la formación de estos tesoros" ([12 HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, Francisca.
Op. cit., pág. 16.
El arte se había convertido en imprescindible para la expresión de ese
pensamiento simbólico. Los templos de la religión eran también los templos del
arte. El museo era también la Iglesia y en consecuencia, no podía sino producirse
el fenómeno de la sacralización, que hizo del arte y del artesano o artista
un intermediario, como el propio clero, entre el mundo de las cosas terrenales
y el mundo de las cosas espirituales.
La cuestión a observar es la evolución del sentido religioso hacia una
carácter cada vez más popular, con el desarrollo de un gusto por lo profano
que va unido a la valoración del objeto artístico en si mismo y no sólo en el
mensaje que representa. El ornamento empieza a tener un valor creciente y las
artes dejan de supeditarse al edificio que las alberga para convertirse en realizaciones
cada vez más autónomas y portátiles, accediendo a ellas la naciente burguesía
que origina una multiplicación de la demanda: el mercado del arte se amplía
así con un nuevo público constituido por la burguesía que compra las obras y
los mercaderes que comercian con ellas.
Esta emancipación de las obras respecto al edificio al que van destinadas
es un paso importante para el coleccionismo, ya que las obras se convierten
en objetos autónomos, susceptibles de transacción comercial. Este desarrollo
del mercado, consecuentemente, propicia una multiplicación de la actividad de
talleres y una progresiva valoración individual de los artistas que salen del
anonimato artesanal para convertirse en maestros que alcanzan cotización dentro
de ese mercado. Frente al carácter "atesorador" eclesiástico,
el acceso de la burguesía al arte representa un paso importante para el desarrollo del coleccionismo como tal.
El Humanismo renacentista, con su redescubrimiento del mundo clásico
de la antigüedad, se constituyó en motor de un nuevo tipo de coleccionismo.
Las piezas artísticas del pasado representaban modelos culturales y estéticos
a imitar. Las colecciones renacentistas se conciben también como exponentes
del prestigio "por lo que las grandes familias italianas de los Strozzi,
los Rucella y, sobre todo, los Médici sintieron un gran interés por la adquisición
de obras de arte. En Roma, uno de los primeros coleccionistas fue el papa Pablo
II, seguido por Julio II, León X y Pablo III... El Humanista Paolo Giovio reúne
en su palacio de Como, hacia 1520, una serie de retratos que constituyen lo
que se ha considerado el museo histórico más antiguo del mundo, hecho que impulsó
a Vasari a escribir su historia del arte italiano "Le vite", publicada
en 1.550" ([14 HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, Francisca.
"Manual de Museología", Madrid, 1.994, pág. 16.
En 1559 el gran duque Cosme I encargó la construcción de los Uffizzi
a Giorgio Vasari. Históricamente puede considerarse a los Uffizzi como el primer
edificio proyectado como museo, aierto al público en 1582, apareciendo incluso
guías para los turistas de la época. Los Uffizzi no llegaron a convertirse
en institución pública hasta su donación al Estado en el siglo XVIII. ([15 ALONSO FERNÁNDEZ, L. Op. cit.
pp. 65-85.
La exise un material del pasado constituye un fondo de objetos a rescatar
y estudiar, por tanto, un fondo de material "coleccionable"
que estimula no sólo a los artistas sino también a los mecenas que encargan
las obras de arte. "El público comprador y conocedor del Renacimiento
está compuesto por las cortes principescas y la burguesía ciudadana y sus gustos
se muestran bastante afines ya que, pese a las luchas internas entre las clases
sociales, ambas fuerzas tienen concomitancias recíprocas: el elemento burgués
todavía no ha olvidado los atractivos cortesanos del gótico y la aristocracia,
a su vez, conoce la potencia de los valores burgueses y no puede
substraerse al racionalismo positivista de la vida urbana"
([16
LEON, Aurora. "El
Museo. Teoría, praxis y utopía", Madrid, 1.990, pág. 23.
El fenómeno del mecenazgo como impulsor de la vida artística y la importancia
del estudio de las obras del pasado, unido al nuevo papel del arte como exponente
del prestigio social de las nuevas clases burguesas, ha sido puesto de relieve
a raíz del impulso de la Sociología del Arte, cuyos estudios de origen parten
precisamente del análisis de este período. En realidad surge como una nueva
forma de acercarse al análisis de la obra artística en reacción al positivismo
arqueológico e historicista y a la extensión de los convencionalismos académicos
de arqueólogos e investigadores del siglo XIX. Arnold Hauser y Frederic Antal
habían sentado las bases para una historia social del arte, pero de alguna forma
la oficialización de la disciplina se produce en 1948 con la creación en París
de una cátedra de Sociología del Arte que se confía a Pierre Francastel ([17 FERNÁNDEZ ARENAS, José.
"Teoría y Metodología de la Historia del Arte", Barcelona,
1.982, pág. 115.
Los ecos renovadores del Renacimiento italiano se extendieron pronto
a Francia y otros países europeos. En el país galo, Francisco I es el primero
en emular a los grandes coleccionistas italianos y se interesa no sólo por adquirir
antigüedades del mundo clásico sino también pinturas de los grandes maestros
como Leonardo, Miguel Angel y Ticiano, reuniendo una gran colección de obras
de arte en el Palacio de Fontainebleau.
El coleccionismo renacentista italiano llega a ser tan contagioso y desbordante
que se constituye en si mismo en un fenómeno cultural, germen de lo que damos
en llamar "Manierismo", que revisa no sólo los valores estéticos
sino también el substrato ideológico y social del que toma su origen. Cuando
las formas se vulgarizan a fuerza de repetirse y cuando la justificación intelectual
de los procesos artísticos llega a desvirtuarse, incluso a contradecirse, se
produce una simple pervivencia de las costumbres y una profunda modificación
de los gustos. La expansión de un fenómeno nunca ha sido garantía de su comprensión
y la mejor prueba de ello son las distorsionadas actitudes anti-clásicas del
Manierismo.
Otro hecho viene a sumarse al creciente desarrollo del coleccionismo,
que cada vez gana más seguidores entre las clases pudientes que, no siempre
alentadas por un interés intelectual, encuentran en el arte un producto cuya
posesión les da prestigio y se convierte en exponente de su poder social. La
aparición y proliferación de los tratados de arte contribuye a la implantación
de unas categorías y de unos juicios estéticos que determinan las directrices
estéticas. "Con el desarrollo de los tratados de arte, las influencias
artísticas se multiplican hasta el punto de que a partir del manierismo entrarán
en el panorama artístico factores intelectuales (juicios de valor, ideologías..)
reconocidos culturalmente por el grado de conocimiento de los tratadistas. A
partir de ahora, pintores malditos y privilegiados estarán sometidos al criterio,
gusto personal o predilección de los teóricos, creadores de juicios definitivos
que a menudo nada tenían que ver con la calidad de las obras" ([19 . LEON, Aurora. Op. cit., pág.
29.
El impulso coleccionista del manierismo tiene una importancia fundamental
para llegar al concepto de museo tal y como hoy lo entendemos, pues a partir
de este momento comienzan a reunirse grandes colecciones de obras artísticas
y colecciones variadas de plantas, minerales y otros objetos, que son núcleos
fundamentales de agrupación a partir de las cuales muchas veces llegarán a constituirse,
en el futuro, los museos. En los países centroeuropeos, a partir de a segunda
mitad del XVI y durante el siglo XVII, aparecen las "cámaras artísticas"
en Ambras (colección del archiduque Fernando de Tirol), en
Praga (Rodolfo II, Archiduque de Austria), en
Munich (sucesivamente Guillermo IV, Alberto V, Guillermo v y Maximiliano
I) y Dresden (Erns August). Estas colecciones se instalan en grandes palacios,
se clasifican y ordenan siguiendo criterios diversos. Su importancia radica
en que son el germen de los grandes patrimonios artísticos nacionales de Europa
en torno a las Casas Reales, "en donde se gestarán los grandes museos
europeos" ([20 HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, F. Op.
cit, pág. 19. SCHLOSSER, J. Las cámaras artísticas y maravillosas del
Renacimiento tardío, Madrid, 1.988.
Por tanto, es en este período, como hemos visto, cuando se reúnen las
circunstancias fundamentales que darán origen a los museos: la formación del
coleccionismo; el desarrollo de un mercado constituido por buscadores de piezas
artísticas, artistas y talleres, mercaderes y clases privilegiadas -adineradas-
con capacidad de compra; el desarrollo también de unos tratados que constituyen
el soporte teórico para la clasificación y valoración de las obras; y por último,
el establecimiento en grandes edificios -suntuosos palacios- de estas colecciones,
que todavía tienen un carácter privado y exclusivo.
El desarrollo del mercado artístico en el siglo XVII dio lugar a un intenso
movimiento de obras por toda Europa. Aunque fueron las clases aristocráticas
las que impulsaron estas transacciones, pues la moda del coleccionismo arraigó
en las familias monárquicas de las diferentes cortes europeas, el fenómeno más
destacado de esta etapa fue el acceso al coleccionismo de las nuevas clases
burguesas que surgieron como consecuencia de la intensa actividad comercial
que tuvo su centro de acción en torno a los Países Bajos. España no quedó al
margen. Aunque no sean muchos, son notables los ejemplos, como la presencia
de cuadros de Murillo y Ribera en las colecciones de Amberes del siglo XVII[21
MAYER, A.L. Cuadros de Murillo en
las colecciones de Amberes del siglo XVII, en Archivo Español de Arte
y Arqueología, 1.932.
La consecuencia fue la ruptura del monopolio artístico, que en etapas
anteriores quedaba prácticamente reducido a la institución eclesiástica, a las
monarquías absolutas y a las grandes familias aristocráticas que desarrollaron
el mecenazgo. El arte pasó a ser parte fundamental del patrimonio de las clases
adineradas, cuyo status social se vio necesitado de unos
símbolos que lo testimoniaban: sus grandes viviendas requerían de un mobiliario
artístico que emulase los palacetes de las clases aristocráticas. Se creó así
una gran demanda de muebles, orfebrería, cristalería, pinturas, esculturas,
dibujos, grabados... "De esta forma aparece en Amberes un nuevo género
de pintura denominada "Pintura de Gabinetes". Representan pequeñas
habitaciones llenas de cuadros, esculturas, de diversos objetos y de importantes
personajes, sustituyendo a los "kunstkammee" de Centroeuropa".
([23 HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ, Francisca. Op.
cit., pág. 19]).
La nueva demanda actuó como acicate para los pintores españoles, que descubrían
nuevos temas, nuevos modelos, nuevas formas de hacer: una pintura profana,
hecha para burgueses, con escenas de la vida diaria en las que aparecen mendigos,
niños y otros seres que pueblan la novela picaresca[24 GARCIA
FELGUERA, M.S. Op. cit, pág. 3
En un esfuerzo de síntesis, podemos identificar el fenómeno del coleccionismo artístico en esta etapa (que marca casi todas las condiciones que singularizan al coleccionismo de hoy) a través de sus notas más característica
1).-
El desarrollo de unas temáticas al gusto del nuevo cliente, el coleccionista.
Es el fenómeno consecuente con el desarrollo de un tipo de pintura concebida
directamente para abastecer el floreciente comercio artístico del arte. La anteriormente
mencionada "Pintura de Gabinetes", es la muestra más
representativa de las nuevas temáticas que el cliente demanda (temas mitológicos,
escenas de la vida cotidiana, retratos, pinturas para la devoción religiosa
privada, cuadros de género como bodegones, marinas, naturaleza, animales...),
condicionada por el ámbito arquitectónico privado, laico, burgués, al que la
pintura va destinada.
2).-
La aparición de una nueva dinámica de intercambio de las obras de arte. El coleccionismo
genera una actividad comercial que fomenta el intercambio, la compra y venta
de las obras. La nueva clase burguesa "coloca" o "invierte"
su dinero en piezas de arte, cuya posesión se identifica con su status.
Comienza a producirse un fenómeno puramente económico paralelo al artístico:
crece, en un principio, en mayor medida la demanda que la oferta, lo cual incentiva
y da cierta virulencia a la competitividad (el arte es escaso y la subasta proporciona
siempre mayor beneficio que la simple venta) al tiempo que da poder al marchante,
que impone al artista las condiciones para obtener un mayor beneficio de las
ventas. Más adelante se llega a un fenómeno de superproducción, que origina
el recurso barato de las obras de taller, las malas copias
y las obras de menor interés, que también invaden el mercado y obligan a especializarse
al coleccionista.
3.-
El desarrollo del intercambio cultural. El comercio artístico adquiere un cierto
carácter internacional. La presencia de gobernadores españoles en los Países
Bajos, por ejemplo, posibilita una corriente de movimiento de obras que recorre
Europa. Las transacciones rompen fronteras: otro ejemplo representativo es la
célebre compra de la colección de Gonzaga de Mantua por Carlos I de Inglaterra
y la posterior confiscación y subasta pública de esta colección, que se dispersó
por toda Europa. No debe olvidarse que la actividad diplomática internacional
es práctica habitual el intercambio y regalo de piezas de arte entre casas reales,
embajadores y gentes de la aristocracia.
4).-
El establecimiento de Ferias y Subastas Públicas. Ya no son los artistas ni
los clientes, sino los intermediarios, quienes dinamizan la actividad artística.
Por tanto son necesarios los eventos y actos públicos que incentivan la actividad
comercial. Los especialistas citan como más célebres las Ferias de Saint Germain,
en Paris, o la de Leipzig, en Alemania o las subastas de Amberes y Amsterdam.
Como se mencionaba antes, la subasta pública, con su parafernalia de
peritos tasadores, catálogos, liturgias de licitación, etc.., sirve para garantizar
a los marchantes el mayor beneficio posible de las obras, al tiempo que incentiva
y encarece el mercado.
7).-
El papel de los marchantes como dinamizadores de la actividad artística.
Como en otras actividades comerciales, el mercado se rige por la ley de
la oferta y la demanda, pero existen unos reguladores de la actividad que para
incentivarlo marcan unas directrices que van guiando el gusto del público y
del coleccionista, del cliente, en definitiva. El marchante es la figura fundamental
que permite que el trabajo del artista no sea sólo de "de encargo",
sino que exista una producción dirigida a un cliente anónimo, a un futuro comprador.
Esto sin duda es un factor que dinamiza la producción, que amplía los horizontes
y las expectativas de los artistas que encuentran apoyo en estos "agentes"
especializados en comercializar sus productos, liberando al artista de tales
obligaciones. El marchante sustituye paulatinamente al mecenas en su función
promotora del arte, en la dinamización de un mercado que para crecer precisa
del aumento de la oferta y también de la demanda.
8).-
El nacimiento de los primeros museos públicos. Los especialistas citan como
el primer museo organizado como una institución pública al Ashmolean Museum
de Oxford, que fue fundado en 1683 ([26. Citado por HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ,
F., op, cit, con referencia a OVENELL, R.F "The Ashmolean Museum 1863-1894",
Oxford, 1986; BAZIN, G., op, cit,; y MACGREGOR, A. "Tradescant´s rarities",
University Press, Oxford, 1983.
En
conclusión, conviene destacar el papel del coleccionismo del siglo XVII como
forjador de muchas de las peculiaridades del coleccionismo moderno: se crea
un mercado en el que el arte sirve como mercancía, por lo que éste desciende
de su función sacralizadora y conmemorativa para trivializarse
con todos los fenómenos asociados a la actividad comercial y mundana; se crea
un público, constituido por las nuevas clases sociales que acceden al arte y
lo convierten en símbolo de su status; se encauza la actividad
comercial por la vía de los marchantes, las galerías, las subastas y las ferias
de arte; y, en definitiva, se forma el gusto por el coleccionismo.
Lo sustancial de esta transformación de hondo calado social es el nacimiento
de un nuevo concepto del patrimonio público, que para el coleccionismo también
representa su propia revolución: antes las colecciones eran exclusivamente privadas;
en este momento de reivindicación ideológica de la soberanía popular se conciben
los grandes museos nacionales de carácter público, alentados por el sentimiento
de "dar al pueblo lo que le pertenece". Son los museos públicos
la manifestación del desmantelamiento de la cultura artística aristocrática
y cortesana y del florecimiento del arte burgués.
Junto a este impulso democratizador en el orden político y social, hay
que considerar los fenómenos culturales que lo acompañan, sin los cuales tampoco
puede entenderse el origen de los grandes museos nacionales. Los resumimos así:
La fundación del Museo del Louvre, en lo que tiene de exaltación patriótica
y de preocupación por la formación de un patrimonio cultural propio, tiene paralelismos
con el nacimiento de otros grandes museos nacionales.
Realmente existen en su origen dos grandes tipos o modelos de museos
nacionales:
Parecido espíritu se desprende de las palabras del diplomático alemán
Bunsen, "miembro de la comisión de museos presidida por Wilhelm von
Humboldt, que manifestó en Berlín, en 1.828, en un memorial para la colección
de antigüedades: su finalidad es doble, ya que debe representar y enseñar, por
una parte, el sentido de lo bello en las proporciones del arte antiguo, y por
otra un sentido científico y de historia del arte, explicando, mediante una
sucesión que debe tratar de ser coherente e histórica, la evolución del arte
con las muchas ideas de la vida religiosa, burguesa y doméstica, reflejada en
las obras artísticas" ([33. Dube, Wolf-Dieter. "Staatliche Museen",
conferencia pronunciada en el Museo del Prado de Madrid, el 31 de enero de 1.995,
publicada por la Fundación de Amigos del Museo del Prado, pág. 196.
Del afán por racionalizar los métodos de presentación y conservación
de las obras artísticas, nacen los primeros tratados sobre la materia, como
la ya mencionada "Museographia" de Gaspar F. Nieckel (1727) o el proyecto
de D´Angiviller sobre la presentación de obras reales en la Gran Galería del
Louvre.
Durante el siglo XIX, paralelamente al desarrollo de los museos públicos
por toda Europa, se sientan las bases para la investigación teórica sobre el
museo. La Alemania de Goethe, quien ya expuso sus ideas sobre la función de
los objetos en los museos, se dan los primeros intentos de establecer los principios
de la museología, considerada como disciplina científica para estudiar la teoría
y el funcionamiento de los museos, definida como "ciencia de la organización,
conservación y presentación de los objetos en los museos" ([34 . Larousse Difussion, Gran Larousse
Universal, tomo 10, pp. 7200.
A finales del siglo XIX y principios del XX se acentúa el carácter técnico
de estos estudios, coincidiendo con la creación de los primeros grandes museos
americanos.
Los primeros intentos de una coordinación internacional de las investigaciones
y los métodos fue realizada al término de la Primera Guerra Mundial por la Oficina
Internacional de Museos, organismo creado por el Instituto de Cooperación Intelectual
de la Sociedad de las Naciones, que realiza la primera publicación especializada
en temas museológicos: la revista "Mouseion" que se edita en
francés.
Después de la Segunda Guerra Mundial se fundó el ICOM, Comité Internacional
de Museos, que fue creado en la UNESCO en 1946, reuniéndose por primera vez
y redactando sus Estatutos en 1947. Su órgano de difusión, la revista "Museum",
se convirtió en el aglutinante de los estudios internacionales sobre los problemas
de administración, conservación, gestión, inventariado, clasificación, distribución,
seguridad, prevención y restauración de los objetos en los museos.
Desde su conformación como disciplina científica, como Ciencia Aplicada,
la Museología ha definido sus tres funciones básicas: